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Ermita del Espíritu Santo Ermita del Espíritu Santo Cortesía gracias a Virgilio Alvarez Aragón

Ermita del Espíritu Santo Destacado

Por Virgilio Alvarez Aragón*

A una cuadra al poniente del inicio de la ahora Calzada Santa Lucía, aparecen escombros de lo que fue la fachada de la bella ermita del Espíritu Santo. Fabricada de manera modesta cuando se instalaron en ese barrio los indígenas controlados y atendidos por los mercedarios, conforme se fueron instalando en sus solares españoles de ingresos medios y bajos, el templo se fue remodelando, tal y como sucedió en 1751 cuando la Audiencia, según Pardo (1944), asignó recursos para su reparación. El barrio, conocido antiguamente como El Espíritu Santo, abarcaba casi todo lo que ahora se identifica como San Luquitas y parte de la finca Las Margaritas.

A diferencia de las fachadas de la mayoría de las otras ermitas ubicadas en la periferia de la ciudad, a la del Espíritu Santo parece que, conforme crecía la población del barrio y mejoraban sus ingresos, se le fueron agregando módulos sin mayor cohesión estilística, tal y como puede verse en la foto que, de autor desconocido y de dominio público, parece haber sido tomada a inicios del siglo XX. De esa cuenta, en el vano de la puerta, inmediatamente encima de ésta, se encontraba un pequeño nicho con su respectiva imagen, custodiado por dos ángeles de cuerpo entero, realzados en estuco. Sobre ellos, ya en el muro grueso superior de ese primer cuerpo de la fachada, se encontraban otros tres nichos con sus imágenes.

Esta proliferación de imágenes sobre la puerta principal no aparece en ninguna de las fachadas de las otras ermitas periféricas, como tampoco en las iglesias construidas en el interior de la ciudad. Más grandes y altas, en su mayoría sólo tienen una imagen frente a la ventana del coro, en el segundo cuerpo de las fachadas o, cuando mucho, una imagen sobre la puerta, como sucede con la de San Francisco.

La fachada, según las fotografías que se conservan, guardaba cierta semejanza con la del templo del convento de la Compañía de Jesús, aunque a diferencia de esta el ataurique, menos intenso y sólo a la altura de la ventana del coro y adornando las columnas, aparecía estucado y no pintado como sucede con el templo jesuita. De dimensiones parecidas a la de San Sebastián, los dos nichos a los lados de la puerta principal estaban coronados por grandes rosetones, diseño tampoco presente en ninguna otra fachada religiosa de la ciudad.

La iglesita intentaba ser diferente, como diferentes trataban de ser los habitantes del barrio, quienes en palabras de Fuentes y Guzmán (2012: 623) eran una población “más decente y alegre” que la de los barrios vecinos, “vestían a la española y se dedicaban a la elaboración de sillas y zapatos,” y su iglesia, junto a la de San Gerónimo, era abovedada y con una amplia plaza, aunque la sacristía y los altares eran “desnudos y con pocos y pobres ornamentos porque no teniendo amor al culto a sus iglesias, gastan cuanto ganan en embriaguez”. Según este mismo autor la fiesta del Espíritu Santo duraba tres días, para cuando llegaban a la plazuela “muchas carrozas, gente de a caballos y de a pié”.

Cuando los terremotos del 29 de julio y 13 y 14 de diciembre de 1773, según la Razón Particular que de la situación de todos los edificios de la ciudad relata un año después Juan Gonzalez Bustillo, para el caso de la iglesia del Espíritu Santo los responsables de las evaluaciones de los desastres no la mencionan, según él por olvido “o porque la consideren comprendida en la general expresión de estado deplorable en la que se encuentran todos los edificios de la ciudad”. Sin embargo, no la considera totalmente arruinada, como si estima se encuentra la de “los chajones”, por ser su construcción más débil. Es de suponer, por lo tanto, que para entonces mucho más de la iglesita y no sólo la fachada había soportado en pie los fuertes temblores.

Para 1808, cuando Juarros publica la primera edición de su Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala, “las ermitas del Espíritu Santo, San Gerónimo, San Antón y Santa Ana, eran capillas de otros tantos barrios, cuya historia no ofrece cosa notable”, con lo que aquellos centros populares, con capillas construidas con el esfuerzo y trabajo de indios, negros, mulatos y españoles pobres, al ser abandonadas primero fueron tomadas por la maleza y vegetación diversa para luego, fundada la Villa de Antigua Guatemala (1899), apropiadas por particulares para distintos cultivos, sin tomar el menor cuidado por los vestigios monumentales, mucho menos intentar su conservación o reconstrucción.

Lo que sobró del templo quedó abandonado a su suerte, y si para los años cuarenta del siglo pasado aún existía la fachada y parte de los muros laterales, según lo muestra Annis (1974) con algunas fotos, lo poco que sobraba cayó por los suelos en 1976. Mudos anuncios de lo que le puede suceder a los demás monumentos son dos bloques de la pared de ladrillo de la sección izquierda del primer cuerpo de la fachada, que sin mayor información ni sentido forman ahora parte ahora del tapial de una residencia privada.

* Sociólogo, antigüeño. Ha residido en México y Brasil. Actualmente vive en Suecia. 

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